En Colombia, varios territorios están dando pasos hacia la bioeconomía, y el departamento de Sucre ofrece un caso ilustrativo: un ecosistema empresarial diverso, con raíces comunitarias y un potencial aún por desplegar.
La conversación global sobre la sostenibilidad ha puesto a la bioeconomía en el centro de las agendas de desarrollo. Este enfoque reconoce el potencial de los recursos biológicos, el conocimiento local y la innovación para generar crecimiento económico con impacto positivo en el ambiente y la sociedad. En Colombia, varios territorios están dando pasos hacia este modelo, y el departamento de Sucre ofrece un caso ilustrativo: un ecosistema empresarial diverso, con raíces comunitarias y un potencial aún por desplegar.
El estudio liderado por SEI, Biointropic y Connect Bogotá para el BID y el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación analizó 139 iniciativas de Bioeconomía en Sucre, mostrando que el departamento ya cuenta con un tejido productivo en marcha. Aunque la capital, Sincelejo, concentra la mayor parte, existe una presencia descentralizada en distintos municipios, lo que indica que la innovación no está confinada a un solo núcleo urbano, sino que responde a dinámicas rurales y territoriales más amplias. Este rasgo es clave para construir modelos de desarrollo más inclusivos, donde los beneficios no se concentran en un único centro.
Las iniciativas de bioeconomía en Sucre se concentran principalmente en tres sectores: el agrícola y pecuario (44,6%), el de alimentos y bebidas (38,1%) y el turismo (16,5%). En el ámbito agrícola destacan propuestas orientadas a la producción sostenible y al compostaje. En alimentos predominan productos artesanales —como mieles, vinos y mermeladas— que aún presentan niveles bajos de transformación y valor agregado. El turismo, por su parte, se enfoca en experiencias de naturaleza y educación ambiental, incluyendo actividades relacionadas con la restauración ecológica y el acercamiento a culturas locales, aunque con un uso limitado de tecnología.
Esta distribución sectorial revela un territorio que ya está construyendo bioeconomía a partir de sus fortalezas históricas, la ruralidad, la biodiversidad y la riqueza cultural, pero que todavía enfrenta el desafío de transformar estas ventajas en productos más sofisticados. En un contexto global donde los alimentos funcionales, los bioinsumos y el turismo de naturaleza emergen como mercados en expansión, Sucre cuenta con bases importantes. El reto ahora es avanzar hacia mayores niveles de innovación, tecnología y valor agregado.
Uno de los hallazgos más claros del estudio es el bajo nivel de sofisticación tecnológica de las iniciativas analizadas. El 98,6% opera con tecnologías básicas, y solo dos casos —Nutriogen y Bendito Marañón— han alcanzado niveles intermedios en el uso de patentes, el escalamiento de productos o la investigación aplicada. En general, la incorporación de I+D+i sigue siendo limitada (38,3%) y depende en gran medida de alianzas con universidades u organizaciones externas.
La falta de maquinaria y automatización restringe las posibilidades de agregar valor a los productos, mantiene altos los costos de producción y reduce la competitividad. A esto se suma un factor adicional: la baja resiliencia frente al cambio climático. Varias iniciativas agrícolas ya han reportado pérdidas asociadas a inundaciones, un riesgo estructural en un territorio altamente vulnerable como Sucre.
El contraste entre la creatividad de los emprendedores y la precariedad tecnológica muestra la urgencia de políticas públicas y alianzas estratégicas que faciliten el acceso a infraestructura, conocimiento y transferencia tecnológica.
Uno de los aspectos más positivos del ecosistema de bioeconomía en Sucre es su nivel de formalización y organización colectiva. El 76,2% de las iniciativas está formalizada y el 41,7% corresponde a asociaciones comunitarias, un rasgo que refleja la fuerte tradición de organización territorial del departamento. Esta base asociativa no solo fortalece el arraigo local, sino que también genera capital social y confianza, elementos clave para impulsar procesos de desarrollo productivo.
La mayoría de estas iniciativas son microempresas, con ventas relativamente reducidas —menos de 60 millones de pesos anuales en promedio—, pero con experiencia comercial significativa. El 89% presenta niveles medios o altos de madurez en el mercado y el 41% ya comercializa sus productos fuera del departamento. En algunos casos, como Bendito Marañón, incluso se ha logrado acceder a mercados internacionales.
Esta combinación de formalización, experiencia comercial y asociatividad constituye una base importante para fortalecer cadenas de valor vinculadas a la bioeconomía. El desafío ahora es acompañar a estas organizaciones para que puedan escalar su alcance, diversificar sus mercados y avanzar hacia mayores niveles de sofisticación productiva.
A pesar de estas fortalezas, los emprendedores de Sucre enfrentan obstáculos significativos. El acceso a financiación aparece como la principal barrera (47%), seguido por las dificultades para posicionar productos en el mercado (32%). A estos desafíos se suman limitaciones estructurales del entorno productivo.
Las brechas en infraestructura vial y conectividad aérea encarecen la logística y restringen el crecimiento del turismo. Los altos costos de energía dificultan los procesos de transformación productiva, mientras que los trámites complejos y la baja tasa de registro empresarial frenan la formalización de nuevos negocios. A esto se agregan el déficit de mano de obra calificada, los altos niveles de informalidad y una alta vulnerabilidad climática, con riesgos recurrentes de inundaciones que afectan especialmente a las actividades agrícolas.
En conjunto, estos factores reflejan una brecha más amplia en el ecosistema regional de ciencia, tecnología e innovación. El departamento ocupa posiciones rezagadas en indicadores de innovación, patentes y diseños industriales, lo que limita su capacidad para transformar recursos biológicos en productos de mayor valor agregado.
A pesar de estos desafíos, el contexto también ofrece señales favorables. El mercado global de bionegocios crece a tasas cercanas al 10% anual en sectores como los bioplásticos, los biocosméticos y los bioinsumos. En Colombia, además, la bioeconomía ha sido incorporada como prioridad en varias políticas nacionales, con énfasis en áreas como los alimentos funcionales, los bioinsumos agropecuarios y el turismo de naturaleza.
En este escenario, Sucre cuenta con activos importantes. Su diversidad biológica y cultural, junto con la base de iniciativas productivas ya existentes, crea condiciones favorables para insertarse en estas dinámicas y avanzar hacia modelos de desarrollo más sostenibles e inclusivos.
El departamento también cuenta con el apoyo de aliados institucionales como el SENA, Corpomojana y Carsucre, que han acompañado a varias iniciativas reconocidas como Negocios Verdes mediante capacitaciones y respaldo productivo. A nivel nacional, el Gobierno ha manifestado su intención de impulsar agendas departamentales de bioeconomía. Aunque este proceso aún está en construcción, representa una oportunidad importante para fortalecer la coordinación entre instituciones y abrir un nuevo ciclo de apoyo al desarrollo sostenible del territorio.
El análisis de Sucre deja lecciones claras sobre lo que se necesita para consolidar un ecosistema de bioeconomía sostenible e inclusiva.
En primer lugar, es fundamental fortalecer la transferencia de conocimiento entre universidades, centros de investigación y empresas, mediante plataformas de interacción, incentivos a la colaboración y redes sectoriales. Asimismo, resulta necesario ampliar la oferta de formación técnica y profesional en áreas estratégicas de la bioeconomía, con programas diseñados en alianza entre instituciones educativas, el sector productivo y los gobiernos locales.
Otro desafío clave es mejorar el acceso a financiamiento, con instrumentos adaptados a las realidades de las microempresas rurales, redes de inversionistas y esquemas de crédito flexibles. De forma complementaria, será importante impulsar la adopción tecnológica facilitando el acceso a maquinaria y soluciones de transformación que permitan aumentar el valor agregado de los productos.
También se requieren estrategias más sólidas de mercado y comercialización que permitan posicionar los productos locales en nichos nacionales e internacionales. A esto se suman inversiones en infraestructura y conectividad que reduzcan los costos logísticos y fortalezcan el turismo de naturaleza, así como la incorporación de la adaptación climática como eje transversal de las iniciativas productivas.
Finalmente, será necesario avanzar hacia una gobernanza clara de la bioeconomía tanto a nivel nacional como regional. Esto implica diseñar hojas de ruta departamentales con mecanismos de coordinación y seguimiento, promover políticas que incentiven la oferta y la demanda de productos biobasados, e incorporar programas específicos de bioeconomía en los planes de desarrollo y las apuestas productivas locales.
Sucre es un territorio de contrastes. Cuenta con una base empresarial formalizada, con experiencia comercial y un fuerte arraigo comunitario, pero enfrenta barreras tecnológicas y estructurales que limitan su desarrollo. Sus emprendedores ya generan impactos ambientales y sociales relevantes, aunque necesitan un ecosistema de apoyo más sólido para escalar y diversificar sus iniciativas.
En un momento en el que la bioeconomía se proyecta como uno de los motores de la transición hacia modelos de desarrollo más sostenibles, Sucre tiene la oportunidad de consolidarse como un laboratorio vivo de innovación territorial. Lograrlo requerirá articular esfuerzos entre comunidades, instituciones educativas, sector privado y gobiernos. Solo así será posible pasar de iniciativas dispersas y de bajo valor agregado a un modelo inclusivo, tecnológico y resiliente que conecte biodiversidad, territorio y desarrollo.

