Los productos básicos no siempre son la solución. Los productos especializados, o especialidades, con sus claros vínculos con culturas o territorios específicos, pueden ofrecer mejores oportunidades económicas y encajar mejor en estrategias de desarrollo basadas en la conservación de la biodiversidad y los medios de vida tradicionales. También pueden ofrecer una vía hacia un consumo más sostenible y consciente.
Cada año se deforestan entre 4 y 5 millones de hectáreas de vegetación autóctona en los trópicos. La gran mayoría —entre el 90 % y el 99 %— se debe a una expansión agrícola insostenible para producir unos pocos productos básicos, como la soya o el aceite de palma. Además de la pérdida de ecosistemas tropicales, esta conversión a grandes monocultivos de productos básicos destruye oportunidades para generar un desarrollo inclusivo, basado en la biodiversidad y los medios de vida locales.
Una alternativa a estos monocultivos dominantes puede ser la promoción de especialidades en lugar de productos básicos. Una especialidad es un producto único, a veces vinculado a una región o cultura específica que lo produce, como la pimienta Baniwa en la Amazonía o el queso parmesano en Italia. A diferencia de los productos básicos, una especialidad se valora precisamente por sus propiedades específicas, en lugar de por características estandarizadas para los mercados masivos, donde el precio domina.
Departamento del Quindío en Colombia, donde las especialidades han contribuido a promover la economía y el paisaje cultural de la región, reconocida desde 2011 por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad.
Photo: Mairon G. Bastos Lima / SEI
La COP30 celebrada en Belém puso de relieve numerosas iniciativas de bioeconomía, muchas de ellas relacionadas especialmente con la sociobioeconomía, entendida como un enfoque centrado en las personas, sus medios de vida tradicionales y la denominada «conservación de la convivencia» con el medio ambiente. Impulsadas en gran medida por organizaciones comunitarias y de la sociedad civil, tanto de Brasil como de otros países de América Latina, las cadenas de valor de la sociobioeconomía han surgido para constituir una sólida agenda de desarrollo sostenible con potencial para contrarrestar la deforestación en los trópicos.
Sin embargo, la forma en que se hace esto es crucial. Los intentos de convertir a los agricultores familiares o las comunidades tradicionales en meros proveedores de productos básicos suelen tropezar con las exigencias inherentes a los mercados, como escala y estandarización. Además, los pequeños productores suelen darse cuenta de que estos mercados de productos básicos no otorgan ni reconocen ningún valor a las peculiaridades regionales de un producto, a sus posibles diferencias funcionales, ni a las formas respetuosas con el medio ambiente y la cultura en que se ha llevado a cabo su producción, incluso cuando se adopta la certificación.
En lugar de promover la comoditización, la promoción de especialidades se adapta a la producción a pequeña escala y puede formar parte de una estrategia más amplia para promover sistemas alimentarios más sostenibles y un consumo más consciente. Europa, por ejemplo, ofrece muchos casos exitosos de promoción de especialidades en forma de alimentos no comoditizados, sino culturalmente integrados, como vinos, quesos y otros productos con identidad geográfica protegida. Esto sería especialmente importante para los países tropicales con una gran diversidad biológica y sociocultural, donde los productos derivados de esa diversidad pueden beneficiarse de estrategias de diferenciación en lugar de buscar únicamente bajos costos.
También hay otros casos exitosos de «descomoditización», cuando un producto masivo se convierte en una especialidad. Ese ha sido, en cierta medida, el caso del arroz, donde variedades como el arroz basmati son cada vez más reconocidas, y cada vez más es el caso del chocolate y el cacao de distintos orígenes. De todos los ejemplos, quizás el más ilustrativo sea el de los cafés especiales en Colombia.
La experiencia del sector cafetero en Colombia ofrece valiosas perspectivas sobre cómo los productores rurales pueden pasar de depender de un mercado de materias primas a mercados de alto valor y diferenciación. A lo largo de las últimas dos décadas, la cadena productiva del café colombiano se ha reorientado gradualmente de la exportación masiva a la producción de cafés especiales basados en la calidad, la identidad y la sostenibilidad.
El concepto de «valor» en la cadena de producción del café en Colombia ha evolucionado profundamente a lo largo del tiempo, moldeado por las diferentes expectativas de los consumidores y la capacidad de adaptación del sector. Inicialmente, la diferenciación dependía en gran medida de las certificaciones de café orgánico u otras certificaciones de sostenibilidad, como las de Rainforest Alliance, Fair Trade, Bird Friendly o 4C. Estos estándares reflejaban una concepción del valor por parte de los consumidores basada en la responsabilidad social y medioambiental. Sin embargo, con el paso de los años, el mercado ha madurado y el valor ha pasado a depender cada vez más de la experiencia y del llamado perfil de taza del café.
Al igual que en el caso de los vinos, el perfil de taza representa la esencia de la identidad de un café, a través de una combinación de aroma, fragancia, acidez, cuerpo, dulzura, entre otros. Refleja la interacción entre el origen, la variedad, la cosecha y el procesamiento posterior a la cosecha. Los catadores profesionales evalúan los cafés en una escala de hasta 100 puntos, en la que los que obtienen 80 puntos o más se reconocen como cafés especiales. En los mercados actuales, especialmente en Oriente Medio y el resto de Asia (Dubái, India, Japón, China y Corea), estas características sensoriales son la esencia de lo que constituye el valor. Por el contrario, los consumidores europeos siguen privilegiando las certificaciones de sostenibilidad y los atributos sociales como marcas de calidad e integridad, como los cafés procedentes de grupos de mujeres agricultoras (Café de Mujeres). Sin embargo, la experiencia sensorial es cada vez más importante para evaluar la calidad del café, y si este cumple con los estándares de sostenibilidad será valorado aún más.
Para los productores, el valor agregado ahora se genera al lograr una mayor eficiencia en la producción de cafés bien valorados, aumentando la productividad y la calidad utilizando menos recursos. La extensión rural y la asistencia técnica desempeñan un papel fundamental en la transferencia de tecnología, el control de la calidad, la incorporación de prácticas sostenibles en la producción y el fortalecimiento de las habilidades empresariales. Por ello se han desarrollado cada vez más modelos de negocio integrados, basados en estrategias de «valor compartido» entre empresas y pequeños productores.
Sin embargo, la calidad por sí sola no es suficiente. Ganarse la confianza de los consumidores se ha convertido en una parte fundamental de la estrategia, lo que requiere una calidad constante, una comunicación transparente y una narrativa sólida que conecte a los productores con los consumidores finales a través de una experiencia sensorial. Al mismo tiempo, se promueve la educación de los consumidores a través de iniciativas como escuelas y academias de café, mientras que las competiciones nacionales y regionales de catación refuerzan las habilidades sensoriales y la apreciación de los cafés especiales.
Secado de granos de café en Colombia.
Photo: Mairon G. Bastos Lima / SEI
El mercado de especialidades no se limita a los alimentos, y un ejemplo destacado de ello es el pujante y creciente sector de los biocosméticos amazónicos. En los últimos 20 años, productores de diversa envergadura —desde pequeñas empresas familiares hasta grandes compañías como Natura, L’Oreal y L’Occitane— han transformado el consumo de cosméticos en Brasil, centrándose en productos más saludables y naturales.
Han surgido varias cadenas de valor en torno a los productos amazónicos, muchos de los cuales eran hasta ahora desconocidos para la mayoría de los brasileños. La andiroba, el murumuru, el cumaru y muchas otras especies autóctonas se han utilizado por sus propiedades cosméticas o sus beneficios para la salud.
Al igual que en el caso de los cafés especiales colombianos, los biocosméticos han experimentado un cambio notable en el perfil del consumidor, y no solo en los sistemas de producción. Con la difusión de cada vez más información sobre salud, y a través de una fuerte presencia de influencers en las redes sociales que prueban y evalúan nuevos productos, los consumidores brasileños se han alejado cada vez más de los cosméticos de producción masiva y han buscado un consumo más selectivo.
La atención de los consumidores se centra principalmente en la percepción de la calidad, y las cuestiones de sostenibilidad aparecen como un beneficio adicional. En el caso de los cosméticos, se presta especial atención a la eficacia, al uso de ingredientes vegetales (en lugar de parabenos y otros derivados del petróleo) y a los beneficios percibidos para la salud. Los beneficios para los productores o la conservación del medio ambiente aparecen aquí como beneficios adicionales, no como el valor principal del producto.
Acondicionador con extractos de plantas amazónicas —buriti y ucuuba— en una exposición de productos de medianas, pequeñas y microempresas durante la COP30 en Brasil.
Photo: Mairon G. Bastos Lima / SEI
Los países tropicales no carecen de diversidad de alimentos ni de otros bioproductos cuya identidad esté ligada a territorios específicos, con un inmenso potencial aún sin explotar. Sin embargo, como demuestran los casos de los cafés especiales en Colombia o los biocosméticos amazónicos en Brasil, promover las especialidades requiere un enfoque diferenciado.
Es necesario realizar un trabajo considerable en materia de formación de capacidades a nivel local, con micro, pequeños y medianos productores, y en la estructuración de cadenas de valor para la producción, transformación y comercialización de artículos de calidad. La innovación es fundamental para identificar los valores y tendencias de los consumidores más especializados y cómo relacionarlos con las diferencias de estos productos a través de experiencias de calidad. Los consumidores también deben transformarse en compradores más informados y selectivos, para que cambien sus patrones de consumo y dejen de lado los productos indiferenciados del mercado masivo.
Para ser claros, las especialidades no tienen por qué ser productos de lujo. Las variedades simples de frutas o productos mínimamente procesados, como ciertos tipos de harina de mandioca, pueden ser especialidades. Sin embargo, siguen teniendo características diferenciadoras y suelen tener precios superiores a la media del mercado, al tiempo que fomentan un consumo más consciente y exigente.
En aras de la sostenibilidad, la COP30 consolidó las estrategias de la sociobioeconomía como una vía potencialmente transformadora para las regiones de bosques tropicales, valorizando estos ecosistemas mucho más allá de su rol como reservas de carbono. De hecho, reconocer estos valores y potenciales adicionales es esencial para frenar la deforestación, impulsando un desarrollo económico basado en la biodiversidad y las prácticas culturales locales, y no en detrimento de ellas.



