Recientemente, el Gobierno Chino anunció la prohibición del tráfico ilegal de animales silvestres con el fin de eliminar su consumo, haciendo una excepción al uso medicinal. La decisión se tomó considerando la reciente evidencia científica que señala al Pangolín -una de las especies más comercializadas en Asia- como el posible transmisor del Covid-19 a humanos.

Mientras algunos aplauden esta decisión, es importante reflexionar sobre qué tan realmente efectiva es esta medida en el contexto de un negocio internacional lucrativo que involucra usos diferentes al consumo, sus implicaciones para la seguridad alimentaria y los medios de vida rurales.

Reciente evidencia científica señala al Pangolín, una de las especies más comercializadas en Asia, como el posible transmisor del Covid-19 a humanos. Foto: SecretBase88/Flickr

El comercio de fauna silvestre y su regulación

La fauna silvestre hace parte tanto de economías locales de subsistencia, como de mercados de lujo a mayor escala que, en ocasiones, trascienden fronteras nacionales. Este comercio es predominantemente ilegal y ocurre en cadenas de mercado clandestinas en respuesta a regulaciones que prohíben el comercio, y marcos legales ambiguos o con vacíos jurídicos (Vliet et al. 2016).

La aplicación de la ley es muy compleja en un contexto de ilegalidad, aún más cuando hablamos de un negocio tan lucrativo. Se estima que la reciente prohibición de China podría costarle 7.1 billones de dólares a su economía (Mallapaty 2020), mientras que a nivel global el tráfico de animales silvestres es el tercer negocio ilícito más rentable (Bergman 2009). Por otro lado, el comercio de fauna silvestre muchas veces ocurre en países o regiones con instituciones débiles, donde es difícil asegurar el cumplimiento de una prohibición.

Ante la situación que estamos viviendo actualmente, se hace evidente la necesidad de regular el comercio de fauna silvestre y aplicar medidas inmediatas. Sin embargo, ¿es la prohibición del comercio, y específicamente del consumo, la respuesta a la emergencia sanitaria que estamos viviendo? más importante aún, ¿es una medida realista?

Estas preguntas deberían ser abordadas desde la problemática de la demanda. Mientras esta subsista, corremos el riesgo de empujar las cadenas existentes hacia mercados más clandestinos y por ende más difíciles de controlar, en los que no existen requisitos sanitarios para el manejo de los animales ya sea vivos o muertos, y es precisamente en estos contextos donde se incrementan los riesgos de contagio de enfermedades. Esto, sumado a una debilidad institucional para asegurar el cumplimiento de la ley, podría derivar en más problemas que soluciones.

“Los mercados ilegales de fauna silvestre resultan ser medios idóneos para el contagio de nuevos virus, teniendo en cuenta que la clandestinidad propicia el hacinamiento -que puede incluir diferentes especies- al ocultar los especímenes con el fin de evitar decomisos o sanciones por parte de la policía”

¿Es el consumo de animales silvestres realmente el problema?

Se presume que el Covid-19, al igual que otros virus recientes como el SARS, el MERS y el Ébola, tiene un origen zoonótico. Sin embargo, los contagios de animal a humano no ocurren en la mayoría de los casos por consumo directo de especies del medio silvestre. El ébola, por ejemplo, se contagia por el contacto con fluidos o secreciones corporales de un animal infectado (OMS 2017), y el virus se inactiva en temperaturas de cocción normales (FAO 2019). En el caso del SARS, expertos han estimado poco probable el contagio por el consumo, atribuyéndolo al proceso de sacrificio y preparación antes de la cocción (Sample and Gittings 2003). En este mismo sentido, un estudio de literatura científica realizado en 2017 sobre enfermedades zoonóticas de origen silvestre en bosques tropicales, concluyó que la carne de animales silvestres no constituye un riesgo para la salud humana si se cumple con rigurosos estándares sanitarios desde el sacrificio del animal hasta su preparación (Van Vliet et al. 2017).

Mientras se cree que los contagios se originan por el consumo, el mayor riesgo de infección ocurre al manipular el espécimen antes de la cocción (Van Vliet et al. 2017). Estos mismos riesgos están presentes en otros usos además del consumo de la carne. Por ejemplo, en el uso de animales y su biomasa (carne, piel, huesos), para medicina tradicional o para uso industrial (como el cuero). Por esto, es importante regular todos los usos del recurso, es decir toda su red de valor, en lugar de crear prohibiciones específicas para algunos usos.

Otro riesgo de infección se genera en el contacto entre especies vivas durante la comercialización; estudios han demostrado que el contacto de especímenes de diferentes especies que normalmente no entrarían en contacto en el medio salvaje ha favorecido la aparición de patógenos zoonóticos desconocidos (Bell et al. 2004). En este sentido, los mercados ilegales de fauna silvestre resultan ser medios idóneos para el contagio de nuevos virus, teniendo en cuenta que la clandestinidad propicia el hacinamiento -que puede incluir diferentes especies- al ocultar los especímenes con el fin de evitar decomisos o sanciones por parte de la policía. Por esta razón, la decisión de prohibir debería tener en cuenta el riesgo de incrementar la exposición entre diferentes especies en un contexto de clandestinidad e ilegalidad, mientras subsista la demanda.

SEI está trabajando junto con el Centro de Investigación Forestal Internacional en un proyecto que tiene como objetivo conciliar los problemas de conservación de la vida silvestre con los de la seguridad alimentaria en un conjunto de ecosistemas, humedales y sabanas en Guyana.

Como parte de nuestra iniciativa Gobernando las vías de la Bioeconomía, SEI contribuirá a garantizar que los esfuerzos locales para gestionar la vida silvestre de forma sostenible estén respaldados por políticas, leyes y reglamentos a nivel nacional de diferentes sectores que influyen directa o indirectamente en el uso sostenible de la vida silvestre.

El comercio y consumo de animales domésticos también representan un riesgo, pero se ha abordado de manera distinta.

Ahora bien, suponiendo que se prohíben todos los tipos de uso de fauna silvestre, ¿se eliminarán por completo los riesgos de transmisión de enfermedades zoonóticas? Virus como la gripe aviar y la gripe porcina se han transmitido a los humanos por animales domésticos y aun así no estamos cuestionándonos si prohibimos el comercio de este tipo de animales. Es claro que el manejo de animales domésticos para consumo humano está mucho más regulado que el de animales silvestres, precisamente por la legalidad de una actividad vs. la predominante ilegalidad de la otra.

Foto: Tomás Escalante/Flickr

Pese a que siguen existiendo riesgos de contagio con fauna doméstica, estos se han mitigado gracias a las estrictas regulaciones sanitarias que se han desarrollado en la materia y que responden a las particularidades de cada animal doméstico sujeto a cría. Caso contrario al comercio de fauna silvestre, en el que predomina la ilegalidad, vacíos legales o insuficiente regulación (van Vliet et al. 2019), y para el cual no se han desarrollado requisitos sanitarios suficientes que respondan a las particularidades de las especies consumidas. La legislación de fauna silvestre en muchos países no está pensada desde el punto de vista del consumo humano y esto puede incrementar los riesgos de transmisión de enfermedades.

Una prohibición total ignoraría la importancia de la fauna silvestre en los medios de vida de poblaciones vulnerables

El comercio y consumo de fauna silvestre también ocurre en contextos rurales, y por lo tanto una prohibición total que no aborde esta realidad podría generar afectaciones a las comunidades que dependen de este recurso para su subsistencia. La fauna silvestre es parte esencial de los medios de vida de comunidades rurales; es fuente principal de proteína animal y se utiliza para diversificar dietas. También tiene un estrecho vínculo con la identidad cultural de los pueblos, especialmente en las comunidades indígenas, siendo usada en festividades y rituales, y para usos medicinales (FAO n.d.). Así mismo, la fauna silvestre hace parte de las preferencias alimentarias de algunas comunidades que tienen la percepción de que este tipo de carne es más saludable al no provenir de la industria (Van Vliet et al. 2017).

Además de su importancia alimentaria y cultural, la carne de animales silvestres hace parte de economías rurales de subsistencia. En algunos contextos rurales los excedentes de la cacería, que no consumidos por el cazador o por su familia, se comercializan en cadenas de comercio locales. Los ingresos percibidos se utilizan para asegurar necesidades básicas como medicinas, alimentos, herramientas, etc. (Gómez and Vliet 2018; Vliet et al. 2015). Por esto es importante generar marcos regulatorios que diferencien los usos locales de subsistencia del comercio a gran escala, para evitar marginalizar a las comunidades rurales y sus medios de vida tradicionales. Una prohibición total del comercio y consumo que no diferencie estos usos podría incrementar dicha marginalización.

¿Prohibir o regular?

La decisión de una prohibición como la adoptada amerita ser ponderada frente a la opción de regular el comercio y uso de fauna silvestre desde una perspectiva de conservación y uso sostenible, que busque armonizar aspectos económicos, sociales, y ambientales.

Desde una perspectiva de salud pública, se requiere de una amplia regulación acompañada de evidencia científica que permita establecer requisitos para cada especie, prohibiciones específicas de consumo de especies que representan mayores riesgos para la salud humana, prohibiciones relacionadas al almacenamiento de animales vivos, requisitos sanitarios estrictos que aborden desde el sacrificio hasta la preparación de la carne, requisitos estrictos para el transporte y almacenamiento, etc. Así mismo, la regulación debería tener en cuenta no solo el consumo, sino todos los posibles usos del recurso (ej. usos medicinales e industriales) que pueden tener impactos en la salud humana. Por último, la regulación debería diferenciar los usos de subsistencia del comercio a gran escala, teniendo en cuenta los contextos rurales.

Es importante tener en cuenta que tanto la decisión de regular como de prohibir, requiere del fortalecimiento de capacidades de control para asegurar el cumplimiento de la ley, y este es quizá el reto más difícil que enfrenta el problema del tráfico ilegal de fauna silvestre.