El cierre de la minería de carbón en el Cesar está transformando mucho más que los empleos directos del sector. A medida que cambia una actividad que durante décadas sostuvo parte de las economías locales, también cambian los ingresos, los servicios y las oportunidades de quienes dependen de ellas. Estos impactos no se distribuyen de la misma manera: mujeres y personas LGBTIQ+ enfrentan barreras y vulnerabilidades específicas que pueden quedar fuera de las narrativas habituales sobre la transición energética.
Cinco municipios del Cesar – Agustín Codazzi, Becerril, Chiriguaná, El Paso y La Jagua de Ibirico – crecieron durante décadas alrededor de minas de carbón a cielo abierto. La actividad llegó a representar hasta el 43 % de los ingresos departamentales y transformó el empleo, el comercio, los presupuestos públicos y la vida cotidiana.
Esa dependencia quedó expuesta cuando Prodeco suspendió sus operaciones en 2020 y posteriormente renunció a sus títulos mineros. El impacto no terminó con la pérdida de empleos formales. Se extendió a la cadena de suministro y la economía de los municipios mineros. También profundizó la incertidumbre en una región marcada por el conflicto armado, las desigualdades sociales y la escasez de alternativas productivas, que además enfrenta altos impactos y pasivos sociales y ambientales asociados con la minería de carbón.
Mientras Colombia busca avanzar en la reducción de su dependencia de los combustibles fósiles, el desafío para el Cesar no consiste en sustituir el carbón por otras fuentes de energía. Implica transformar una economía regional construida alrededor de la minería y, al mismo tiempo, asegurar que los costos de esa transformación no recaigan de manera desproporcionada sobre las poblaciones más vulnerables.
Alrededor de la fuerza laboral formal de la minería, compuesta mayoritariamente por hombres, se desarrolló una amplia economía de servicios que ayudaba a sostener la vida cotidiana de las comunidades mineras: preparar alimentos, lavar uniformes, alquilar habitaciones, vender comida, confeccionar ropa, cuidar hogares, trabajo sexual y prestar servicios de belleza. Muchas de estas actividades se realizaban en la informalidad y recaían sobre mujeres y personas LGBTIQ+.
Cuando los trabajadores perdieron sus empleos o migraron, también desaparecieron los clientes de restaurantes, peluquerías, lavanderías, alojamientos y pequeños comercios. Para quienes dependían de estas actividades, el impacto fue particularmente difícil de absorber: al no tener una relación contractual con las empresas mineras, quedaron fuera de indemnizaciones, programas de reconversión y otras medidas de protección vinculadas al empleo formal.
Desde los inicios de la actividad minera en el territorio, los roles de género ya definían quién podía entrar al sector y qué trabajo obtenía. Los hombres dominaban los cargos técnicos, operativos y directivos; mientras las mujeres se concentraban en funciones administrativas, de servicios y cuidado. En otros casos, las mujeres fueron discriminadas incluso para obtener empleos directos con la mina. Para las personas LGBTIQ+, acceder al empleo podía significar ocultar su identidad, modificar su apariencia o aceptar labores por debajo de su formación.
Cuando traté de ingresar a una empresa minera que tenía un patrocinado, me rechazaron por ser mujer y porque, por ser mujer, no estaba operada. No tenía ligadura, podía quedar en embarazo y eso fue una causal para que yo no entrara a ese curso. Muchas cosas que también les pasó a las personas LGTBI, quiénes no podrían reconocerse porque también se les negaba ese derecho.
Sandra López, lideresa campesina de La Jagua de Ibirico y líder la Asociación Municipal de Mujeres Campesinas, Negras e Indígenas del Municipio de La Jagua de Ibirico.
Sandra López, lideresa campesina de La Jagua de Ibirico y líder la Asociación Municipal de Mujeres Campesinas, Negras e Indígenas del Municipio de La Jagua de Ibirico.
Camilo Martelo/SEI
El cierre profundiza estas brechas. Quienes dependían del carbón desde actividades informales perdieron sus ingresos sin contar con apoyos equivalentes a las indemnizaciones o programas de reconversión de los trabajadores mineros. En el caso de la población LGBTIQ+, existe una falta de información que impide dimensionar cuántas personas dependían de esta economía y qué necesitan para construir otra fuente de sustento.
En el Cesar ya existen esfuerzos para diversificar los ingresos. Organizaciones lideradas por mujeres impulsan actividades agropecuarias y pequeños negocios para transformar sus productos y acceso a mercados. El desafío es lograr que estas iniciativas puedan consolidarse: muchas enfrentan dificultades para acceder a financiación, formalizarse y crecer de manera sostenible.
Al mismo tiempo, trabajadores y extrabajadores mineros buscan trasladar sus conocimientos y habilidades hacia otros sectores. Las cooperativas y los programas de formación en energías renovables pueden ofrecer oportunidades para esa reconversión laboral, pero acceder a ellas no es igual para todos. Los costos de la formación y la dificultad de compatibilizarla con el trabajo representan barreras importantes. Para muchas mujeres, además, las responsabilidades asociadas al trabajo de cuidado reducen el tiempo y las posibilidades disponibles para capacitarse, lo que puede profundizar las brechas de género durante la transición.
En mi caso la primera barrera que se me presentó era la parte económica, porque ya era profesional y poder volver a convertirme teniendo una profesión me implicaba pagar a mí una matrícula y un sostenimiento. […] Yo no soy del Magdalena, soy del Cesar; y el poderme venir acá [a Santa Marta], vivir acá y dejar de laborar para estudiar no ha sido fácil. […] El hecho de no tener de pronto una beca de sostenimiento levanta muchas barreras.
Dania Guzmán Beleño, representante legal de la Cooperativa Multiactiva de Servicios Técnicos Integrales y Energías Renovables (Coomustier) y extrabajadores de la industria minera.
Dania Guzmán Beleño, representante legal de la Cooperativa Multiactiva de Servicios Técnicos Integrales y Energías Renovables
Camilo Martelo/SEI
La agricultura, la energía solar distribuida, la formación y el cooperativismo ofrecen caminos para reducir la dependencia del carbón. Pero no pueden sostener por sí solos una transformación regional. También se necesita un marco nacional que integre el enfoque de género permanentemente y no como iniciativa aislada.
Necesitamos una política pública minera, no una política pública departamental que hacen las gobernaciones o las alcaldías; no, necesitamos una política pública donde hablen y haya un sinnúmero de actividades relacionadas con un enfoque de género
Kelsy Polo, lideresa y defensora de los derechos de las personas LGBTIQ+ en el Cesar
Kelsy Polo, lideresa y defensora de los derechos de las personas LGBTIQ+
Camilo Martelo/SEI
Para evitar que el cierre reproduzca las exclusiones del auge del carbón, es necesario cerrar las brechas de información sobre las condiciones, medios de vida, necesidades y visiones de desarrollo territorial de hombres, mujeres y personas LGBTIQ+ mediante un diagnóstico poblacional participativo y desagregado. También se debe ampliar el enfoque de las políticas de transición energética justa para incluir a quienes dependían de economías conexas a la minería. La incorporación de una perspectiva de género e interseccionalidad en los planes de cierre se puede integrar mediante la recolección de información desagregada y análisis que permitan comprender diferencialmente la situación de mujeres, hombres y personas LGBTIQ+, además de la influencia de otras variables como etnia y clase.
Así, la transición no se limitaría a sustituir una fuente de energía: también transformaría quiénes y qué tipos de trabajo son reconocidos, quiénes reciben protección y quiénes pueden decidir sobre el futuro del territorio.
Para que el cierre de la minería no reproduzca las exclusiones que marcaron su auge, la transición tendrá que mirar más allá del empleo minero formal. Eso implica reconocer a quienes construyeron sus medios de vida alrededor de la actividad minera y que hoy enfrentan el cierre sin las mismas protecciones, así como comprender de qué manera las responsabilidades de cuidado, el género y otras desigualdades condicionan sus posibilidades de adaptación. Para esto es importante garantizar la participación e incidencia de mujeres, personas LGBTIQ+ y personas cuidadoras, así como fortalecer las iniciativas no mineras existentes mediante financiación, desarrollo de infraestructura, acceso a mercados, formación de capacidades y el establecimiento de sistemas de cuidado.
También significa partir de lo que ya existe en el territorio. Las organizaciones y emprendimientos que buscan diversificar sus ingresos necesitan acceso a financiación, infraestructura, mercados y formación, pero también condiciones que hagan posible participar en esos procesos, especialmente para quienes tienen responsabilidades de cuidado o enfrentan otras barreras de acceso.
La transición energética no será justa solo porque el carbón sea reemplazado por nuevas fuentes de energía. Será justa si también amplía las oportunidades para quienes históricamente quedaron fuera de los beneficios de la economía minera, reconoce los trabajos que sostienen las economías locales y permite que mujeres, personas LGBTIQ+ y otros grupos del territorio tengan voz e incidencia en las decisiones sobre lo que viene después del carbón.
Conoce más sobre los desafíos de género y energía en El Cesar en este reporte







